sábado, 30 de abril de 2011

Godard. Artaud. Michaux.


He decido adoptar una locura temporera. Cerca de los veinticinco años, me parece que es buen momento para el cambio. No sé hasta cuando. Hasta la crisis de media edad, cuando me deba preocupar la pesadez. O puede que me canse al final de la temporada y retome la cordura en verano… En otoño. Aunque nunca me ha convenido en el extranjero.
El problema es que una locura voluntariamente asumida me parece la cosa más cuerda. Entonces, se vuelve irrefutable. Innegable, no porque se demuestre, sino porque una vez se declara es tan dudoso serlo, como no serlo. Un ejercicio de lógica para el que se interese en enredarse. De sociología para el que no necesite conclusiones. O, incluso, de cualquier ciencia exacta para el que lo quiera ilustrar en una tablita sin uso práctico.
Lo cierto es que luego de un año semejante, me he cansado de aburrirme. Entonces, he decido, en lugar de enloquecer por aburrimiento, hacerlo por razones heurísticas. 

jueves, 24 de marzo de 2011

Traces de la poésie en prose

Fragmentos de lo conocido frente a todo lo desconcertante:

El regreso a casa... Indefinido. Definitivo.
Permanente.
La orilla de la playa necesariamente.

La certeza de no saber cosa alguna.

Que muy raras veces siento que estoy yo al otro lado de las imágenes.
Yo mediada.
Y cuando me miro al espejo me sorprende siempre no ver rastros de lo que pienso.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Una hora más

Leí parte de una novela en un café. Camus es bueno para los nervios. El precio de mi café no tanto. En cierto momento me entretuve persiguiendo las palabras en mi mente. Por primera vez me di cuenta que ciertas palabras simplemente no llegan a su destino. Párpado. Cachete. Aquella otra palabra larga que no me molesté en traducir. No me importa. Las salto y pierdo el sentido de la oración. Temerariamente las desdeño. No es mi idioma, así que qué me importa captarlo todo. Tristemente, es lo que estudio. Aquí, me detuve. De momento me repugnó el libro, la lectura que por ajena se convirtió en irrelevante. Consideré sabio cerrar el libro y dejar el café antes de concluir lo lógico. Vaya estudiante de estudios culturales. Y todo por irme a perseguir palabras.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Denise Rodríguez Maldonado is

El cuestionamiento del ser, el pensamiento filosófico, es también un acto estético. Pensarse es abstracción. La abstracción entretiene. En cuanto uno se piensa se reinventa, crea. 
Pensar, en tanto se piensa siempre el ser, es un acto de lirismo. Se repiten algunos conceptos como anáforas; los puntos de partida o llegada son casi siempre el ser o el no ser, el individuo o el colectivo. 
Pero la estructura no es lo único que agrada. En cuanto es abstracción, pensar es siempre agradable. Muerto Descartes, no hay nada real envuelto en el pensamiento; el ser no pesa tanto estos días. Por el contrario, pensar en el mundo sobremoderno es una distracción de la pesadumbre de la primacía del hacer. Si me pienso, no tengo que escribir en Facebook o en Twitter todo cuanto hago; si me pienso, me relajo porque no necesito hacer más. No es más que un ejercicio mental de entradas y salidas conceptuales, lo cual es un movimiento del cual no puedo escribir en mi estatus. 

lunes, 23 de agosto de 2010

Algo


Necesariamente, algo. Porque no encuentro qué guarde sentido. Ni los estudios, ni el regreso, ni los demás. Últimamente, todo me parece parte de un rompecabezas cuyas piezas son todas cuadradas. Da igual. Da igual terminar el grado y enseñar a legitimizar otras metas y dejarlo todo donde está. Da igual comenzar otro proyecto a revalorizar lo pasado y emprender con nuevas ganas. No estoy segura si es más ingenuo pensar que mejor vale camino malo conocido o que la vida cambia según el camino. Bien decía el New York Times, si es una etapa, nos toca a todos por igual; entonces no vale la pena cambiar el curso para toparse siempre con la misma…
Que no sé si debe ser feliz o estar contenta.

sábado, 7 de agosto de 2010

Inventario y bibliografía (13.9.08)

Ni siquiera tratándose del estado de ser puedo deshacerme de la bendita costumbre de hacer inventarios. Además me parece que soy sólo si hay algo sobre mi escritorio; si lo puedo enumerar; luego se podría discutir si soy según el objeto en cuestión. De un vistazo al escritorio se intuye, claramente, que se trata de una estudiante. Tengo libros sobre el escritorio, en el librero, sobre el armario… Una tasa de té vacía. Un panfleto de una conferencia sobre el fin de siglo pasado. Post-its en color neón. Una cartuchera. Y, claro, mi computadora.
Hay más. Pegada a la pared del librero tengo una postal con la bandera de Bretaña con sus “hombrecitos” y rayas blancas y negras. Le sigue la postal del “lapin de metro” con sus patas vendadas.  Y hay una última postal con el mapa del sistema de metro de París. No creo que el conejo aprecie mi humor en ponerle al lado del mapa.
De ser más organizada no estarían las gafas de $5 por ahí también. Las compré en la calle en Nueva York y no puedo ver con ellas puestas, pero me gusta cómo quedan. Iba de camino a la universidad, a decir verdad, de camino a un café con el Daniel como de costumbre, y me paré en el primer puesto que las vi porque ya me había prometido a mí misma comprarme unas cuando hiciese sol al fin. Son imitación de Ray Ban, como las que usaba Goddard pero que ahora usan todas las demás personas sin la marca, sin el cigarrillo y sin el film en la mano. Estaba tan emocionada con mi compra; finalmente, sería una estudiante más en el Washington Square Park, indistinguible del resto. Aunque creo que antes también lo era. Igual ya tenía la mochila, la matrícula, el café, el amigo, el banquito bajo el árbol, los audífonos y el cigarrillo.
Bajo las gafas hay un sobre del banco local, PNC. Lo cual me recuerda que ahora, las gafas no sirven de mucho. Bueno, sirven de gafas. En State College la gente no se viste de manera ochentosa a propósito (lo cual hace todo tan cómico como desconcertante). No por ser concientes de su moda anacrónica considero a los niuyorquinos menos sujetos a este o aquel sistema, pero sucumbir a la tentación comercial me parece más admisible que la ingenuidad de mis nuevos sujetos de parque en el centro de Pensilvania. Digamos que todavía me acostumbro a vivir en el campo entre el maíz y los árboles de navidad. Más aún, me acostumbro a acostumbrarme a saber que estaré cuatro años en el campo haciendo un doctorado que no estoy segura de querer. Finalmente, es por estar en el campo que mi librero siempre estará lleno de ahora en adelante y mi computadora prendida. Dentro de varios días, espero tener sobre mi escritorio algún sobre de Netflix. Tal vez pase los próximos años viendo películas sobre sujetos en parques cuadrados con cafés a la mano e imitaciones de gafas ochentosas.



Bibliografía anotada: Civilización francesa
Aún no sé muy bien de qué se trata mi campo. ¿De la decadencia tal vez? ¿De la hipocresía histórica? Perdón, eso es una suposición anacrónica… ¿La francofilia frustrada? Puede que estudie el país; no estoy segura. La bibliografía anotada es pues un intento como toda otra de decir lo relevante y definir mejor el campo.

Bescherelle: La Conjugaison. Hatier: París, 1997.
De enseñar español en lugar de francés básico no necesitaría el libro. Pero aún no sé utilizar el subjuntivo imperfecto. A decir verdad no sé conjugar muy bien ningún tiempo verbal.

Corbin, Alain. Women for Hire: Prostitution and Sexuality in Frace alter 1850. 
Harvard UP: Cambridge, 1990.
Única lectura entretenida por el momento para la única clase entretenida por el momento. La reseña del libro es para octubre, pero como no quiero leer lo que debo leer para esta semana he comenzado la lectura de Corbin. Corbin me cae bien. Siempre sonrío cuando recuerdo que se casó con una estudiante suya, Simone Delattre para la cual escribió el prólogo de su libro, Las doce horas negras en París.

Flumian, C. et al. Rond-Point. Pearson: Upper Sadle River, 2007.
Primer libro que veo de francés básico en el cual se enseña el condicional antes del futuro. El estudiante sigue necesitando la raíz del futuro para construir el condicional, pero Prentice Hall no parece estar enterado. A pesar de la organización mediocre, le doy un punto por dedicar un capítulo a la región de Bretaña. No entiendo muy bien la utilidad de una cuarta parte de las actividades (como la del removedor de pelusas o la visita al quincallero) pero imagino que a uno de los escritores le hizo mucha falta una rasuradora de pelusas en algún momento durante su estadía en Francia y quiere evitarle el mismo problema a otros. No recuerdo tampoco haber ido a quincallero alguno, en ningún idioma.

Omaggio, Hadley. Teaching Language in Context. Thomson: Boston, 2001.
A pesar de mi desorientación académica dentro de mi propio campo, la civilización y todo el invento me parecen clarísimos al lado de clases como las que requieren este libro. En Penn State la clase se llama Enseñaza del francés como segundo idioma, en Columbia, descubrí hoy, le han dado un nombre ostentoso como Practicum en pedagogía del idioma francés. Finalmente, toda clase que use este libro, tenga el nombre que tenga, suckea.

Tocqueville, Alexis de. The Old Regime and the Revolution. Ed. François Furet y otro
fulanito. University of Chicago: Chicago, 1998.
Tocqui es mi panita. Es como los amigos que te encuentras por ahí en la universidad cada dos meses, hablas una hora con ellos y luego no los vuelves a ver por buen tiempo.


24h (17.8.08)

Apprivoiser le néant. Tarea difícil.
No hay nada a horas del pueblo. Nada. Maíz, vacas y árboles de navidad. Mas encontré un café. Lo siento Gramsci, pero iré a los restaurantes en cadena hasta que conozca el área (lo cual debe tomar quince minutos en carro y un día a pie). Conocí a los vecinos. El de filosofía, alas, se limpia la sal del maní de las manos con el sofá de la sala. El de estudios latinoamericanos fue a España de intercambio (¡!). Ambos cursan su primer año de leyes. Su compañero de cuarto hace su segunda maestría en ecología y robó un calabacín del huerto de los otros residentes. Los primeros aún hablan de emborracharse como su única meta académica. Tendré una apuesta conmigo misma para ver cuál de los dos se resigna el primero a estudiar a fuerza de café y té. Por ahora, creo que será el de estudios latinoamericanos.
La universidad es tres o cuatro veces la UPR. También es tres o cuatro veces el pueblo. A partir de ella se organiza el sistema de transportación y comercio. Dos Wal-Mart, dos Starbucks, dos Taco Bell, un Arbys y un Kinkos. La aislación sólo crea deseos un tanto masoquistas de tener una tonelada de trabajo para hacer cualquier salida imposible… Y pensar que llegué a extrañar un poco la vida comercial norteamericana; pero esto es ridículo.
Por ahora, el campus está vacío. Aún es temprano y los estudiantes van llegando poco a poco. A lo que llegan me entretengo asustándome por varias cosas. El profesor más mediocre que tuve era graduado de esta universidad. La mitad de los residentes de mi área son matrimonios jóvenes con niños. La licorería cierra a las siete de la noche. Los letreros y paradas están excesivamente orientados para los meses fríos. La ciudad más cerca queda a tres horas en el carro que no tengo. Finalmente, puede que me quede sin cosas por contar.
….
Aunque al final de día me canso del pesimismo. Me alegra que las hojas ya tienen pecas, que tenía un mensaje en la pizarra de la puerta al llegar a casa y que mi compañera de apartamento cocinó curry coreano y pude comer con palillos, lo cual siempre es divertido. Además, he bebido demasiado café como para poder deprimirme. Finalmente, confieso que me entretiene el hiperbólico espíritu universitario del sitio. Existe una mostaza Penn State, un helado sabor Peachy Paterno y ropa de perros y cepillos de dientes con el sello de la universidad. Siempre hay algo cómico en lo absurdo. 

Espera (14.8.08)

Oigo un ronquido. El segundero del reloj de la cocina. Un carro pasar a lo lejos. Los grillos. Todos duermen en la casa de seis y un perro. Yo he vuelto a mi horario regular. Leo los pocos titulares que han podido cambiar desde esta mañana, pero saben a noticias viejas. Debería acostarme, pero espero.
He estado a la espera la semana entera. Regresar. Viajar. Irme. Ver la ciudad nuevamente y por última vez. Sólo vi el metro. Ahora, espero llegar. Imagino un pueblito de calles desiertas, casas de techos triangulares y árboles a la orilla de la carretera. Es más fácil deshacerse de las ideas que nunca estuvieron muy definidas. Vuelvo a preocuparme por la primera compra. La sal. El azúcar. Las ollas. El mapo. Luego será cuestión de los vegetales, el cereal y las carnes.
El examen. Debería estar estudiando.
Espero además la respuesta del periódico. Las cartas que no llegarán.
Espero recomenzar. Esto de las vacaciones y periodos de estudio se ha convertido en una cuestión de inercia. Cuesta tanto acostumbrarse a vegetar como a madrugarse leyendo. Es el vértigo de la transición lo que me entretiene.
Mientras espero, leo. Al igual que en la oficina del médico o la parada del metro. 

Annita (7.8.08)






"Where are we?”
“On the 13th.”
“No, seriously. It’s Paris, but it looks like Brooklyn and there’s a sign in Mandarin in front of us.”
Decidí no contestar. No sé, Annita. Llevo algunos años sin querer saber dónde estoy. Pienso que me engaño si juego a las distancias. Que si la rapidez del tiempo. Que si la costumbre. Que si el teléfono. Que si el Internet…
Ayer acompañé a Anna al aeropuerto. Yo también me quería ir a casa. Tuve que recordarme que no viajo hasta la semana que viene para detener el movimiento inercial del cuerpo; veo la muchedumbre del aeropuerto cargando maletas y creo que yo también viajo. Pero no, sólo me espera el tren regional de regreso a casa, el apartamento ahora vacío. Para llenarlo un poco, hice compra.
De regreso a casa me pregunté si la había despedido propiamente. No recuerdo haber estado en un aeropuerto sin sueño y no sé si las despedidas soñolientas cuentan igual. No le veo el punto tampoco a los adioses muy sentimentales; creo que en el momento es sólo un sentimiento trágico que sobrecoge y no la tristeza misma. Ésa viene luego. Se asienta. Y finalmente, sin lágrimas algunas, sólo queda el golpe en el estómago, inherente al recuerdo. Pero el dilema sigue siendo el mismo. No puedo despedirme vivamente porque no extraño a la persona todavía. Porque no es el siglo diecinueve y muy probablemente hablaremos nuevamente. Porque soy un tanto estoica y no logro apenarme por mí misma. Queda el Internet, el teléfono… Pero no es igual que los encuentros mañaneros en el café de siempre. Las pequeñas pláticas sobre nadas entretenidas. Las bromas sobre conocidos en común. Los silencios incómodos. Las sonrisas luego de los silencios incómodos. En fin…
Vendrán otros momentos.
Y ahora, el tedio de recomenzar. Las introducciones genéricas y conversaciones de sala de espera. La meta es siempre inventar una excusa para estudiar un país en decadencia en menos de cinco minutos. Acepto sugerencias.

Lío (2.8.08)

De hoy en adelante, respiro. Guardé aquél pequeño enredo, o lo que fuese, en el clóset junto a los zapatos gastados que me rehúso a botar y la ropa que ahora me queda grande. Los zapatos, cierto, no sirven de mucho; la ropa la podría usar si engordo nuevamente. Con toda certeza empacaré zapatos, ropa y lío junto a todo lo demás, papeles y libros, y viajarán conmigo a Pensilvania. Seguramente el aire fresco de State College, las vacas, los postres de los Amish y Joe Paterno lo arreglarán todo.
Lo cotidiano: sentarse en las escaleras de la entrada sólo por conectarse al Internet de la barra de al frente. Parte de la experiencia de sentarse frente a la puerta de cristal es ver la gente pasar. Los empleados de los hoteles que salen a fumar por las puertas de servicio. Los turistas perdidos en calles traseras de Champs Elysées. Los franceses ajorados. El público del Tour de France con sus bicicletas, cascos y bolsas amarillas. Ocasionalmente, cuando bajo en la noche, se aparece uno que otro borracho y toca en la puerta. Pensando que el primero sería algún residente sin llaves, le abrí. Me preguntó si yo era iraní. Cerré la puerta. Sólo en Francia logro ser tan americana como iraní. Hoy, tocó a la puerta la amiga de Anna, sólo porque ambas frecuentamos nuestra particular esquina me confundió con ella y me saludó muy cordialmente. La doña en cuestión pensaba que “robábamos” su conexión, por lo cual regañó a Anna una noche, le preguntó luego de quién era la conexión y, finalmente, dijo no ser residente de nuestro edificio y siguió su camino con su perro; creo que hay problemas con la lógica de ese orden. Para que sepa, señora, robamos la conexión del strip club de al frente; siéntase mejor, gracias por el gesto.
Llueve y no quiero escribir mi memoria. Análisis de la entrevista etnográfica para la clase sobre las clases medias de los suburbios. Mi entrevista apenas tiene algo que ver con el tema. No gano nada procrastinando, pero dado a que no tengo Internet en el apartamento, al menos postergo tener que ver televisión francesa.
Para el otoño, espero tener líos nuevos. Las lista de libros. Los planes de clases. El viaje de Navidad. La lejanía de muchos. La última es la única constante. 

New York Times (15.10.08)


Hoy, mientras leía una artículo en el periódico, me di cuenta que recuerdo mis eventos y escribo como si mis recuentos fuesen artículos del New York Times: guardo una falsa distancia de lo narrado, la cual trato de hacer aún más evidente añadiendo una que otra frase interesante de personajes sobre cuya identidad no me importa profundizar.
Pero, en realidad, soy uno de esos personajes de los que escribo de pasada. Mis propias intenciones me son tan ajenas como las de los demás. Aunque nunca se es dueño de la totalidad de uno mismo. Incluso lo que pienso, aquello que me parece ser más propio porque aún no lo comparto, se me escapa en ocasiones y olvido. 

jueves, 16 de julio de 2009

Transición/ Julia de Burgos



Sin entradas particulares. Sin más.
D.

Poema para las lágrimas

Como cuando se abrieron por tus sueños mis párpados,
rota y cansadamente, acoge mi partida.

Como si me tuvieras nadando entre tus brazos,
donde las aguas corren dementes y perdidas.

Igual que cuando amaste mis ensueños inútiles,
apasionadamente, despídeme en la orilla...

Me voy como vinieron a tus vuelos mis pájaros,
callada y mansamente, a reposar heridas.

Ya nada más detiene mis ojos en la nube...
Se alzaron por alzarte, y ¡qué inmensa caída!

Sobre mi pecho saltan cadáveres de estrellas
que por ríos y por montes te robé, enternecida.

Todo fue mi universo unas olas volando,
y mi alma una vela conduciendo tu vida...

Todo fue mar de espumas por mi ingenuo horizonte...
Por tu vida fue todo, una duda escondida.

¡Y saber que mis sueños jamás solos salieron
por los prados azules a pintar margaritas!

¡Y sentir que no tuve otra voz que su espíritu!
¡Y pensar que yo nunca sonreí sin su risa!

¡Nada más! En mis dedos se suicidan las aves,
y a mis pasos cansados ya no nacen espigas.

Me voy como vinieron a tu techo mis cielos...
fatal y quedamente, a quedarme dormida...

Como el descanso tibio del más simple crepúsculo,
naturalmente trágico, magistralmente herida.

Adiós. Rézame versos en las noches muy largas..
En mi pecho sin lumbre ya no cabe la vida...

Rompeolas
Voy a hacer un rompeolas
con mi alegría pequeña...
No quiero que sepa el mar,
que por mi pecho van penas.

No quiero que toque el mar
la orilla acá de mi tierra...
Se me acabaron los sueños,
locos de sombra en la arena.

No quiero que mire el mar
luto de azul en mi senda...
(¡Eran auroras mis párpados,
cuando cruzó la tormenta!)

No quiero que llore el mar
nuevo aguacero en mi puerta...
Todos los ojos del viento
ya me lloraron por muerta.

Voy a hacer un rompeolas
con mi alegría pequeña,
leve alegría de saberme
mía la mano que cierra.

No quiero que llegue el mar
hasta la sed de mi poema,
ciega en mitad de una lumbre,
rota en mitad de una ausencia.

domingo, 12 de julio de 2009

Una vida ordinaria

De madrugada se me antoja una vida ordinaria. Una en la cual no sea muy hispana en los nortes o muy cosmopolita para la islita. Una con emisoras locales y anuncios conocidos. Sin análisis, sin pretensiones. En un solo idioma. En un solo lugar. Una sin amistades cuya única prueba de supervivencia sea alguna tela traslúcida y cibernética. Una vida más concreta. Porque el tiempo apenas se cuenta en intervalos de un año. Y de momento se está más viejo. Pero se llega habiendo dejado pedazos en distintas partes, lo cual tiene todo de poético y nada más. Una vida daltónica donde no se vea el verdor del patio al otro lado.

martes, 17 de febrero de 2009

Ayer,


me di cuenta que muero.
Pero, decidí olvidarlo.

martes, 13 de enero de 2009

The absurd

Because I can only question.

sábado, 3 de enero de 2009

Cabo Rojo

I press the slice of lemon into the bottle, plug my thumb in and turn the bottle the upside down. The lemon goes up, dragging little bubbles on the way. I check my e-mail barefoot at the terrace of the bar with the sound of the waves crashing next to me. I should be happy.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Chr_nology

7:38 The neighbor has a birdhouse. As I was getting dressed this morning I was trying to remember whether the known whistle from one of the birds is originally its own or mine. I can’t tell anymore. I checked my e-mail, drank my watered-down coffee and took a picture of Camille sleeping before I left.
8:50 It’s absurd how much I enjoy to drive alone. I hate to arrive; it ruins all the fun. Today I concluded that this makes no sense as I am supposed to enjoy carpooling and public transportation rather. But I don’t. I realized I am, deep down, an egotistical, individualist, atomized being. So I made a lame apology to myself for being so ordinary, forgave myself immediately, of course, and kept singing.
9:40 Then I had to park and the day officially started.
10:00 I always torture myself picking five to six frames that look exactly the same at the optometrist; it gives me something to do later on. This time I went for the Goddard style with the little tip on the sides. Once in the waiting room the other optometrist made me think of Kiwi; he would have given her a 10. My checkup, however, was, far from pleasing, more like a scene from Lost In Translation. They all looked the same, like the burgundy carpet. I wondered if the optometrist could tell when one doesn’t really care and is simply naming letters randomly, like my Z that was really an X; I called both. Tonight I will surely have my yearly nightmare in which I chose the wrong glasses and can’t see at all. Why can’t they just guess the prescription?
12:04 I left, happy to have been in the mall and NOT bought a thing… Ok, I bought a pretzel, but that was it. As I left, the security guy came by to supervise the two ladies fighting over my parking spot.
12:30 I got lost in Miramar, which made for a good conversation with myself about my sense of direction and with the other cars for not showing me how to get out. I passed Paco’s (the photographer) house, my parents’ favorite restaurant, the new conservatory…
Eventually, I found my way to Carolina. “The District Sleeps Alone Tonight” was playing; I thought it appropriate for the occasion.
…
6:20 If I’d have to choose, I would still say that the visit to the optometrist was the worst part - worse than 5:20. I took the long way back home.
9:24 I removed an O.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Got Jesus?

As I was handing my ticket to the flight attendant the girl in front of me turned and said “¡Hola, Denise!” … Yes, of course, from high school! “Patricia! ¡Hola!” It turns out we were seating next to each other’s row and Raquel, another friend from college was seating behind us. So we all decided to occupy a row, so the people around didn’t have to listen to our loud complaints about grad studies, long trips, final papers and common friends who either are married, or have kids already. Raquel studies Literature in Philadelphia, Patricia Biology in Pamplona. We had a lively conversation for a while. However, none of us had slept for the past two days so we took a nap for the rest of ride, leaving the others around us at peace.
We woke up when we could see the lights on the shore. Raquel said she dreamt something about me becoming a soccer mom and laughing like mine. Patricia had gotten over her dizziness and wondered how her boyfriend would spend the night sleeping on a bench back the airport in Philadelphia before coming home tomorrow. I just wished I could be dropped home and not have to go by car all the way back.
As we were approaching, I thought of how anticlimactic it is to arrive so soon. Raquel asked me if I would applaud; a very difficult question, indeed. Upon landing, just as the cabin lights were turned on again all three ladies sitting in front of us took out a comb and fixed their hair. They then finished with hairspray. Yes, in an airplane.
We grabbed our bags and said goodbye. I looked around for my family. I expected my sister to have stuck her nose to the glass window, but, alas, they weren’t there. I called my mother. They were still home! I was abandoned at the airport at midnight! So I did what all abandoned children do: I went to Wendy’s.
An hour later, as I was putting my bags in the trunk, I realized that our car now has a sticker that says “Got Jesus?” I thought it was tacky, but I got five hugs after that, so there are no hard feelings.
And then we arrived home. I’m pretty sure the dog was about to have a heart attack. There was dessert in the fridge, which I had with the lactose free milk that they now drink. There is, for the first time, a real tree (technically dead now), creatively (?) decorated by Camille, which beats anytime the lifeless, dusty, smelly, crappy tree from Kmart. I got a plastic cup in the bathroom on which my sister wrote my name even though I never use those and a very ugly t-shirt from the pediatric center of diabetes, that I can’t but wear proudly. My mother already made me part of a million appointments for which she feels she needn’t ask my permission. The chair in the office still squeaks. My closet still makes me sneeze. My old books are still piled up everywhere. I can hear the crickets and coquíes outside. I guess I got home.

martes, 25 de noviembre de 2008

Syntax: A First Attempt

I should have taken a bus all the way to Florida. I don’t like airports; they smell like hospitals and have too many stores. I also think they suffer a total lack of common sense and a saturation of paranoia. I arrived too early and now I pretend I’m doing something lest I should have to watch one of the twenty television screens surrounding me. I had the opportunity to leave earlier, but I was hungry and didn’t feel like lunching peanuts and diet Coke. There was a man who looked just like Gerson at the food court. As I was eating I entertained myself judging people by what they were eating; then I realized I was eating pizza with a small drink that would be extra large in any other country. I bought a fruit salad though.
I stayed awake during the first bus trip; of course, I drank a cup of coffee at 4:00 in the morning. I’m pretty sure I was the only one awake except for the driver, who shouldn’t have a license; I blame his driving and the caffeine for the thought of a lighted bridge belonging to the Amish. Eventually everything began to look the same; it was dark so I only saw the moon and the shades of the hills and trees. Every now and then a town by the slope of a mountain would appear briefly. I thought of my grandma’s little villages under the Christmas tree; they are certainly designed after any given town of Pennsylvania. Perhaps State College has always been under our Christmas trees. Bad thought.
John Sánchez has to return to security. I still have two hours to waste. The gate next to mine is boarding to JFK. Deep breath, Denise.
The stops: a town where there was an Econo Lodge, a restaurant named Restaurant and a coffee place by the bus stop called The Stop; all sizes were 69¢. A small stop. A short stop. A stop by an office. A stop by the PENNDOT. A stop at a corner. Two students tried to get down and the driver yelled at them and told them to get back inside and sleep. At Harrisburg, two ladies stole my seat so I waited by the door and hated all who opened it letting the wind in. On the way here, I learned that the lady sitting by me had worked twelve years in PSU at the Eisenhower Chapel. She was meeting her son, who is celebrating Thanksgiving with Puerto Ricans, or so I understood; keep in mind that the lady woke me up to talk about her back lesion and her son so I’m not really sure what she said.
I’m off to buy coffee; I still have to smile upon arrival.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Un sábado cualquiera

Son las 4 :30 de la tarde, y sí, ando en piyamas. Deal with it. De hecho, mi compañera de apartamento, Hasti, también anda por ahí en piyamas. Ella cocina un plato iraní para llevar a la fiesta de sus amigos. Yo termino de leer el capítulo del modo interpersonal para la clase de pedagogía. La bibliografía anotada sobre el anarquismo a finales del siglo XIX tendrá que esperar a mañana, porque, hoy, voy al cine.
Esta semana me deshice de la ansiedad que me ha asediado desde principios del otoño, porque, no se equivoque, el otoño no es la temporada más agradable del año. Desde finales de septiembre se viene anunciando. Mientras que en Nueva York teníamos que hacer excursiones para “ver” el otoño en un parque cualquiera, en State College el otoño te invade tan pronto abres la puerta. Día tras día, los árboles se toman turnos para cambiar de color. Me parece que los más jóvenes cambiaron más tarde; los viejos se acogieron al cambio tan rápidamente que no puedo más que pensar que se resignan a un invierno más, como los unionados a las vacaciones y a las huelgas.
Pero luego del cambio de color, comenzó la tragedia. Cada día estaba más y más ansiosa de que se cayesen las hojas.; siempre me ha asustado lo inevitable. Ya en octubre las hojas atacaban a la gente que caminaba felizmente por el campus. Siempre olvidé tomar fotos; nunca me importó mucho cargar con la cámara al salir de casa, creo que es porque aún le guardo rencor al pueblito y sus árboles, aún en todo su esplendor, han pagado mi desprecio. Y así me encontré rápidamente en un círculo vicioso de ansiedad: me agrada el cambio aunque no creo que el pueblo merezca tanta belleza, por lo cual, nunca tomé fotos a pesar de que sentía desperdiciar cada hoja que vi caer; deje que lo efímero fuese exactamente eso… Y se acabó el otoño.
Con la primera nevada, dos días antes de Halloween, me dejé de cosas. Ya nevó. Ya se acabó lo bonito. Me dejé de pensamientos melancólicos de jíbara que nunca ha visto un otoño de película. Me resigné a esperar el largo invierno que prometen los árboles y mis estudiantes. Seré normal y pensaré las temporadas como oportunidades para comprar algo, no sé, un abrigo, veinte abrigos, dos bufandas, té…